Cuando es más grande de lo que puedes abarcar eres capaz de perderte en un inmenso suspiro. Reprimir un llanto que viene anunciándose hace meses y elevar la barbilla hasta casi tocar el cielo con la punta de la lengua. Sabes engañarte al pensar que podrás soportarlo en soledad. Y es efectivo, pero también se muere porque se convierte en cáncer de corazón. Sería más fácil si dos manos unidas se ofrecieran a sostener parte del dolor que encumbra tu cuerpo a la punta de una lanza en llamas.
¿Dónde está ella? Y dónde están ellos.
Márchate. Huye con lo puesto y no mires atrás. Si no te acompaña, sigue corriendo. No debes morir. No debes amar para morir de igual manera, petrificado en un estrecho cubículo de plástico aderezado con una silla y un ordenador parpadeante.
Si no puedes rodearlo con ambos brazos, empújale y escapa. Es tu vida. Solo tú sabrás apreciarla en su máximo esplendor.