
Cuando llevas tres años en la Universidad piensas que nadie se tomó la molestia de prevenirte. Te acribillaron con datos, estadísticas nefastas para impedir que te durmieras en los laureles. No mencionaron el tedio tras una clase nefasta. La poca concreción hasta llegar al ecuador del tercer año. La confusión ante una meta tan incierta como el lugar en el que te dejarás la piel para comprar unas cuantas latas de conservas y cartones de vino caliente.
Y dentro la gente es como una masa que se mueve a todos lados abriendo la boca para morder, y desangrar, si es preciso. Aquí abajo no existe la clemencia. No ya con el estudiante inferior si no con el que no acepta una sonrisa generalizada, la falsa felicidad constante de los que aspiran a obtener un hueco en la cafetería los días de fiesta. Te paraliza. Frena tu respiración hasta cerciorarse de que no volverás a mover los brazos de forma agónica.
A todo podría añadirse, además, un amor no correspondido, para hacer de tu paso por el gran y gris edificio un triste espectáculo de telenovela. Aquella mano que no conseguiste alcanzar, como hace unos años, en el instituto. La historia se repite.
Nadie te puso sobreaviso, aun habiéndola pisado en su juventud. Ves una serie de médicos en la televisión, que anima a ser implacable con tus objetivos y más aún con las adversidades que salen al paso. Todo el mundo anima en las gradas, y tú solo puedes agachar la cabeza avergonzado.
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